De "selfies" y museos: ¿en camino para la democratización del arte?

Mis visitas a los museos se han modificado de muchas maneras durante el transcurso de mi vida. Las razones de esto han sido variadas, algunas tienen que ver directamente conmigo, por ejemplo la edad, la carrera que decidí estudiar, los países que he visitado o la acumulación de conocimientos sobre lo que se exhibe y sucede dentro de un museo. Pero otras, salen totalmente de mi control e incluso podrían parecer arbitrarias y poco significativas, aunque en realidad transformen totalmente mis visitas a estos recintos culturales.

 

Últimamente, el contexto de mis visitas se dio en medio del aumento a la tarifa de los museos en el DF ahora CDMX (no sólo nos subieron los precios, ¡también nos cambiaron el nombre!). Ya que las tarifas subieron, decidieron dejar los domingos como la única opción para que no te gastes una parte de tu semana de salario, lo que quiere decir que: ¡la entrada los domingos es gratuita!

 

Mi primer visita en domingo de museo gratis fue a la exposición “Las vanguardias Rusas” en el Palacio de Bellas Artes, situado en mero centro histórico. A pesar de ir preparada para encontrar un mundo de personas paradas frente a las obras sin entender mucho lo que estaba frente a ellas, haciendo comentarios incómodos (desde un: "Qué bonito está el dibujito", hasta un: "¡'Ira, se parece a tu tío el Chucho!"), arremolinadas frente a las obras sin ver ni dejar ver, me hice de valor y logré entrar a la exposición. Lo que me encontré fue exactamente lo que pensaba encontrar en cuanto al público, ahí estaba este conjunto de increíbles obras expuestas , con un coherente y buen discurso museográfico, presentando una gran gama de disciplinas y con una muestra de arte sonoro excelente, siendo observada por un público grande, sumamente heterogéneo (debido al lugar donde se encuentra Bellas Artes y a que la entrada era gratis) y sin mucha idea de lo que estaban viendo, escuchando y experimentando. No voy a entrar en discusiones de si el arte es para todos, de si debe ser más incluyente, de si es pretencioso, de si la figura del museo es buena o mala, en este caso es irrelevante. El punto es que en un momento se convirtió en una situación muy incómoda estar escuchando comentarios, estar viviendo pisotones, aventones, etcétera… pero de repente empecé a notar algo que nunca antes había notado: los asistentes no dejaban de hacer cosas con sus dispositivos portátiles (llámese celular, ipod, ipad o lo que sea) mientras recorrían la exposición. El momento más simbólico de toda mi visita fue cuando llegué a la obra máxima de Malévich: “Cuadrado negro sobre  fondo blanco", estaba yo frente a uno de esos objetos que marcaron la historia del arte y más que la historia, ¡el rumbo mismo del arte! Empecé a recordar mi visita al Guggenheim de Bilbao, la sensación que tuve al estar finalmente  frente al enorme Puppy, de Jeff Koons, mi momento de crisis al llegar al Pompidou, estaba honestamente emocionada cuando una pareja de no más de veinticuatro años, de un estatus económico medio alto, se paró frente a mí a observar la pieza, después de un par de comentarios entre los que alcancé a escuchar: "¿Y esto qué pedo?", "Cállate que es ese que nos platicó Fer", y otras cosas más; la chica le pidió al novio que le tomará una foto, él accedió y ella, no sin antes peinarse y retocarse el maquillaje, se paró, frente a una de las obras más importantes del suprematismo ruso, de la manera más sexy posible y posó para la fotografía, después llamó a su chico y juntos tomaron una selfie frente a la obra que se apresuraron a subir a instagram. A pesar de ya haber notado la interacción constante que existía entre los espectadores con sus portátiles y la exhibición, fue ahí que fue evidente que algo estaba sucediendo, algo más que no tenía que ver con esas dos personas que acababan de modificar totalmente mi experiencia frente a una de esas piezas famosísimas; no, no eran sólo ellos, la interacción con los móviles cambiaba totalmente la experiencia del espectador dentro de la exhibición y presentaba nuevas relaciones entre todos los elementos que interactúan en una sala de museo, pero no sólo eso sino que se producían nuevos productos visuales que se insertaban dentro de otros contextos fuera del de la exhibición, del museo, ¡del arte mismo!

 

El domingo siguiente y ya con la idea en la cabeza de lo que había sucedido, fui a visitar la exposición Los Modernos, exhibida en el Museo Nacional de Arte, un espacio impresionante y muy cerca del Palacio de Bellas Artes, lo que pone como antecedente que las características del público eran muy parecidas, un público heterogéneo, todo tipo de clases, colores y sabores mezclados con el objetivo de aprovechar la entrada gratuita; el recorrido de esta exposición dividida en nueve núcleos temáticos: paisaje, desnudo, retrato, surrealismo, luz, color, línea, espacio y abstracción, tuvo las mismas características que la otra, multitud de gente arremolinada frente a obras con sus dispositivos portátiles en acción. Las obras de la sala inicial Paisajes, se convertía en el punto de partida de un millón de selfies, un fondo idóneo para todo tipo de instagram fans, facebuqueros de corazón y twitteros en busca de seguidores; siguiendo el recorrido me topé en la sala de Retratos  un gran óleo de Alfredo Zalce titulado “Dos niñas”, dos pequeñas (Beatriz la hija de Zalce y otra niña)  paradas una al lado de otra y posando; unos metros frente a la obra posaban dos hermanas de carne y hueso que parecían haber salido de la gran pintura, en exactamente la misma posición mientras su madre las fotografiaba una y mil veces con su celular, ¡la obra cobró vida frente a mis ojos! Seguí recorriendo la exhibición mientras me encontraba con celulares y ipads obstruyendo las obras, ya no eran personas que con su cuerpo no permitían ver la exhibición, eran aparatos tecnológicos, personas con su prótesis que iban de obra en obra sin verla más que a través de la pantalla del objeto que ahora se había convertido en parte de su mano, así como Marshall Mc Luhan alguna vez lo dijo.[1]

 

Mi paso siguió al de una familia de tres integrantes: mamá, papá e hijo adolescente, el papá trataba de explicar y poner énfasis en las obras que a su parecer eran las que debían admirarse, llamaba mi atención que sólo aquellas que le parecían “verdadero arte” eras dignas de fotografiarse, cuando llegamos a la sala de Abstracción no pudo más que exclamar: "¡Esto sí es arte!" Y prosiguió a fotografiar cuanto Tápies, Bacon y Soulange encontraba a su paso, reafirmando tal comentario con una selfie final junto a su hijo ¡justo en medio de la sala! Para ese punto pensé haberlo visto todo en cuanto a selfies instagrameadas, feisbuqueadas y twiteadas ¡Pero no! Aún quedaba algo más que ver. En mi visita al Museo Tamayo a la exposición de León Golup, me encontré con una familia que observaba las pinturas de gran formato mientras la madre llevaba un selfie stick en su mano, toda la familia iba al paso de la matriarca y posaban en el momento que ella les indicaba frente a ese cetro de posibilidades visuales. El caminar por ahí con esta extensión, (otra vez al estilo de Mc Luhan) cambiaba completamente la experiencia física de toda esta familia, principalmente la madre, dentro de la salas del museo. Todas estas experiencias  hicieron que reflexionara sobre varias situaciones: una, existe una interacción que pasó de ser un binomio a ser un trinomio, teníamos una relación obra/espectador que ahora se convirtió en obra/aparato portátil/ espectador; dos, debido a lo anterior hay un cambio en la percepción directa de la obra; tres, por lo tanto, la experiencia museo se modifica totalmente; cuatro, existe una nueva interacción con la obra y los espacios museísticos lo que resulta en que todas las obras y exhibiciones son interactivas sin ninguna intención de serlo; cinco, las obras junto con el museo se hacen uno y se convierten en fondos de otra situación ya que quien toma las fotografías se inserta en la obra misma y se convierte en la parte primordial de la obra; seis, todo esto porque el hecho de tomar una foto da como resultado un documento, una obra a partir de la obra, una imagen nueva que documenta otra imagen pero que pone al espectador como protagonista de la misma y siete, al modificarse la disposición corporal dentro de la visita (por ejemplo, caminar con un palo en la mano frente a tu cara todo el tiempo) se transforma la manera de observar, deambular y percibir todo lo que está a tu alrededor. Todo esto me lleva a una última reflexión que es parte de cada una de las situaciones antes mencionadas, cada una de estas acciones lo que hacen es proyectar al museo o más bien la visita al museo hacia afuera, quien está adentro lo está pensando hacia el exterior.

 

Las redes sociales y los fenómenos que de ellas han derivado se han tomado como medios donde se democratizan ciertas actividades que antes estaban al alcance y en manos de unos cuantos, por ejemplo la fotografía. Alise Tifensale y Lev Manovich en su ensayo sobre las imágenes de Instagram y lo que ellos llaman Competitive Photography comentan al respecto: “We can speak of certain democratization of the medium –much of the knowledge and skills that earlier were  in the hands of professionals, specially trained individuals who also had access to exclusive equipment, now are available to non-professionals.”[2] Esto debe leerse en muchos niveles, ya que las personas  que asisten a los museos y toman selfies crean imágenes donde las obras son intervenidas por su propio ser, con la intención de ser aprobadas con un like por aquellos que las ven. Según lo autores antes mencionados “ …even if selfies photos only show a single person, most of them show a larger space inside or outside, so we also see the person in a situation as opposed in isolation.” Lo que puede leerse aquí como la democratización no sólo de la disciplina sino del espacio mismo que queda en la imagen, en este caso, el museo. Después de notar todo esto, me quedo pensando en cómo se verá en un futuro la manera en que estamos documentando lo que pasa dentro de las salas de exhibición sin siquiera tener la intención de hacerlo y qué dirán estas imágenes de nuestra sociedad, qué es lo que pasa y pasará con las obras y espacios a los que estamos acostumbrados, ¿será que estamos por fin frente a la democratización de estos recintos tan serios y lejanos para el espectador común?, ¿será que las obras a través de esta reproducción, de esta manera en particular tendrán funciones distintas? y por último, ¿será que no podré ir nunca más en domingo al museo sin que me aplasten, pisen, empujen y no me permitan tomar mi propia selfie frente a mi obra predilecta? Tantas preguntas sin contestar…

 

Material extra para revisar:

http://selfiesatthemet.tumblr.com/page/3

 

 

 

Bianca Monserrat Castillero Vela

Artista visual e historiadora del arte con una fascinación por la selfies, suele tomarse mínimo tres al día con la intención de superar su número máximo de likes día con día.

biancastillero@hotmail.com

 

 

 

 

 

[1] Para más sobre esto, revisar su libro: “Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano.”

<<http://cedoc.infd.edu.ar/upload/McLuhan_Marshall__Comprender_los_medios_de_comunicacion.pdf>>

 

 

[2] Alise Tifensale y Lev Manovich #SELFIE–Imag(in)ing the Self in Digital Media, edited by Jens Ruchatz, Sabine Wirth, and Julia Eckel. Marburg, 2016 .

Consultado en  <<http://manovich.net/content/04-projects/088-competitive-photography-and-the-presentation-of-the-self>>

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