Pedro Paredes

January 3, 2017

 

Recuerdo que mi padre me advertía de lo inútil de intentar huir. Subíamos a la camioneta, las cuatro de la mañana. Hacía frío, cualquier época del año y yo ahí, recibiéndolo en plena cara, trepado en la caja de una vieja Chevrolet azul avanzando por la carretera.

Arriar vacas, con pial y voz fuerte. Hacerse respetar a base de halagos o imprecaciones. Conducirlas al pesebre para su turno de ordeña, limpiar las boñigas, llevar los baldes cargados de leche y verterlos en la cantara de fierro, cernida por el tamiz. De vez en cuando tomar un trago, pero más bien nunca, como hasta la fecha. Terminado el ritual, salir con todas ellas en busca de hierba fresca y de una buena sombra.

Ahí entre bestias el silencio era palpable. El sol ascendiendo, el agua de la acequia rumoreando, el zumbido de las moscas, el estrépito del tren sobre los durmientes, el vuelo en círculos de los zopilotes deletreando la tarde.

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