El sueño de Micaela (Fragmento del libro Sueños del olvido)

January 6, 2017

Como si estuviese viendo una película, pasaron ante sus ojos fragmentos de recuerdos de su pueblo. Sentía como un puñetazo clavado en la parte trasera de su espalda y le dolía la cabeza, pero esos malestares desaparecieron conforme más se adentraba en el sueño. Observó que un punto aparecía en la lejanía agrandándose lentamente. Era una ciudad. Se sorprendió de lo real que se veía, incluso pudo distinguir un aeropuerto vacío apenas visible bajo la pesadez del silencio que lo cubría. Hacia este se dirigió. No sabía exactamente dónde se encontraba la sala de espera para recibir a los pasajeros pero sabía que una persona iba a llegar a visitarla. Mirando hacia los ventanales que daban hacia el exterior logró distinguir a lo lejos un avión que se preparaba para aterrizar, y corrió hacia él. 

 

Mientras corría tuvo la sensación de que se encontraba en el aeropuerto de un pueblo fantasma, de esos que figuran en las películas de horror, pero prefirió no pensar en esto, y se concentró en el sonido de sus tacones rasgando el vacío. El taconeo se aceleró conforme se acercaba a la sala de arribo de pasajeros. Se preguntó quién sería. Alguien cercano sería una bendición. Había estado mucho tiempo alejada de su México, reflexionó mientras caminaba cada vez más rápido, pues algo le decía que el avión ya había aterrizado. Temió que la persona que iba a llegar desapareciera, dejándola atrapada en ese brumoso sueño. 

 

Sentía los latidos de su corazón en las sienes y jadeaba. Parecía que el tiempo se expandía hacia los lados en lugar de avanzar linealmente, porque por más que corría no llegaba. Redobló el esfuerzo. Pensó en la posibilidad de que su tía Mari la fuera a visitar. Sería imposible, debe de estar muy enojada, pero quizás se enteró de que sufrí un accidente, pensó, (si bien no se acordaba qué accidente había sufrido con exactitud). Aminoró la marcha por unos instantes para tomar aire y tratar de recordar por qué le dolía tanto la cabeza y la espalda. Por más que intentó nada le vino a la mente.

 

Por fin llegó a la sala. Había imaginado que iba a estar llena de gente, pero no había nadie, sólo había una espesa niebla vagando por los rincones. Y aunque los escenarios no coincidían con ninguna otra sala de aeropuerto del cual tuviera memoria, y los colores de las paredes, techo y bancas eran borrosos e inaccesibles, alcanzó a distinguir a través de los ventanales el esbozo de una figura descendiendo por las escaleras del avión que acababa de aterrizar. 

 

A Micaela se le fue el aliento. Parecía que era su tía Mari. Su corazón empezó a palpitar con desesperación por el miedo a que su vista la estuviera engañando. Esperó unos minutos. Conforme esta se acercaba la distinguió mejor. Sí, era ella. Empezó a saltar y a gritar de la alegría. Doña Mari la vio y agitó su morral en vilo desde el otro lado del cristal. Las horas sin tiempo se detuvieron, los recuerdos de casa giraron en su alma. La imagen de su tía era de luz, de agua, de esperanza. Todos los colores y las formas se tornaban nítidos. Hasta ese entonces se percató de la brisa suave del aire rozando sus mejillas encendidas por la emoción. 

 

De improviso, sin ninguna explicación, de todos lados empezaron a surgir voces en la sala. Varias personas aparecían a su alrededor, una tras otra, parecían también esperar a sus seres queridos. Se tranquilizó, porque el hecho de que hubiese gente significaba que no era un sueño, estaba en el presente, en la vida. Abriéndose paso entre todos se dirigió hacia la puerta por donde vendrían los pasajeros. Antes de llegar un encargado la detuvo, sujetándola por un brazo. Al roce de los dedos sintió un pinchazo seco. 


–El suero ya no le entra por las venas, está a punto de morir, –escuchó al encargado decir. 
Micaela sintió terror –¿De qué me habla? –le preguntó con voz seca y débil. El encargado se acercó más a ella para repetirle lo que le había dicho– Tiene que esperar a que salga toda la gente del avión, regrese a su asiento por favor.

Suspiró de alivio. Había entendido mal. Ya estaba a punto de reprocharle algo pero se contuvo. En su lugar se dirigió a los ventanales, las manos y la nariz pegada al cristal, el aliento sostenido. Cuando por fin la observó atravesar el umbral de la puerta seguida por otros pasajeros, esto fue suficiente para recuperar la energía y conectarla por completo a ese momento, porque al verla sintió la misma alegría intensa que había sentido tantas veces cuando niña. 

 

–¡Tía Mari, tía Mari! –corrió hacia ella gritando y agitando sus brazos en el aire. Una vez que la tuvo cerca se le abalanzó, abrazándola con todas sus fuerzas. 
Doña Mari dejó caer sus morrales al suelo y le devolvió el abrazo, conmovida. En ese momento, Micaela sintió que por fin pisaba tierra firme. 

–Tía –volvió a decir, separándose de ella para mirarla a los ojos con una intensa alegría. Su corazón descansó, latiendo a un ritmo normal después de tanto tiempo de haber estado perdido. –Tía –repitió, y aspiró su aroma a pueblo, a mariposas, su aroma a la patria que la había visto nacer. Le cargó los morrales, y la tomó de la mano para conducirla hacia la salida del aeropuerto. Y aunque recordó que todo eso había empezado con un sueño y probablemente esa no fuera la realidad, prefirió continuar, porque este era diferente a todos los que había tenido. 

 

No habían avanzado mucho cuando, de repente, algo acaparó su atención, un hoyo gris que sólo ella distinguió se empezó a dibujar en el techo. Extrañada, alzó sus ojos para observarlo. Se lo iba a comentar a su tía pero esta no estaba más a su lado. Quiso correr para buscarla pero el vestido le pesaba. Lo intentó una vez más, pero le resultó imposible. Volteó a verlo, y se dio cuenta de que estaba ensangrentado. Por todas partes le escurrían hilillos de sangre que se deslizaban como serpientes rumbo a un río que antes no estaba ahí. Las aguas empezaron a tornarse de color rojo, y el río empezó a gemir lastimeramente. Micaela empezó a gritarle a su tía para que la ayudara pero no recibió respuesta alguna. Se pasó una mano por el rostro, y el rostro que sintió ya no era el suyo. Trató de recordar su nombre, no pudo y entonces, todo se tornó en una caja cerrada llena de sueños mezclados. No podía respirar. Sólo cabeza y solamente cabeza empezó a existir, y esta se redujo hasta sentir sus ojos flotando en un espacio sin fin. Quedó entonces una mirada, de entre otras más brillando en el silencio insoportable de no saber qué sucedía. Sin embargo, cuando sintió que iba a desaparecer, empezó a elevarse al cielo como si un hilo invisible la estuviera jalando, expandiéndose por encima de su cuerpo sin ningún esfuerzo, al contrario, iba acompañada de una luz dorada que recordaba haber visto antes. 
 

Please reload

  • Facebook - Black Circle

Galería de Imágenes

Conociendo la obra de Rosa Escalona Marín (No.2)

9/18/2016

1/6
Please reload

Archivo por autores